martes, 25 de mayo de 2010
sábado, 24 de abril de 2010
martes, 2 de marzo de 2010
jueves, 21 de enero de 2010
Extremadura
En un pueblo de Extremadura
Salimos de Alicante a las ocho de la madrugada, con el equipaje ocupando todo el maletero del coche familiar, uno de esos coches grandes y espaciosos que los concesionarios promocionan para largas distancias.
Mi hermana y yo, una a cada lado de mi abuela, dormíamos con la cabeza apoyada en su regazo, mientras ella nos rodeaba con sus brazos.
Siempre me adormilo con facilidad en el coche, el asiento no es muy cómodo y no hay sitio suficiente para estirar las piernas, aun asi, el suave rugido del motor me produce una deliciosa somnolencia, que de seguro mis padres agradecen.
La larga distancia que nos separaba de Extremadura nos obligaba a detenernos de vez en cuando en estaciones de servicio. Aquí, yo despertaba, con los ojos pegados por el sopor, y me encontraba plantada ante un nuevo paisaje, el cielo siempre era el mismo, pero las tierras que me rodeaban se convertían en prados extensos de pequeñas colinas o en plantaciones de olivos y girasoles, que en esta época del año, abrían sus cabezas al sol, como el caracol cuando pasa la lluvia.
El campo era precioso, con todos los coloridos del verano y, aunque lo sabía, el viaje comenzaba a cansarme, y entre quejidos y protestas, deseaba encontrarme ya en Badajoz, en el pueblo de la abuela.
No fue hasta bien entrada la tarde cuando llegamos a tierras extremeñas, y estas eran áridas, de colores tostados y salvajes.
Ya no pude pegar ojo. Cuanto más cerca nos encontrábamos de Alconchel, con más entusiasmo rememoraba la abuela sus recuerdos, "este es el camino que llevaba hasta el pozo más cercano, en aquel entonces teníamos que venir andando" o, "mira los nidos de las cigüeñas, cuando era pequeña nos divertíamos tirándoles piedras".
El castillo se vio primero, coronando una colina que a sus pies vigilaba un conjunto de casitas blancas y calles anchas, y los campos de olivares que rodeaban el pueblo.
Íbamos a quedarnos en casa de la abuela, y aunque yo habría preferido ir directa a la cama a descansar del largo viaje, ella insistió en visitar primero a unas amigas a las que no veía desde hacía mucho tiempo. Enfurruñada y cansada, me mostré lo más cordial que pude con todas aquellas personas de mirada amable y grandes pómulos rosados.
Nos invitaron a tomar café a las siete de la noche, y con el café vino el aperitivo y con este la cena.
Nunca había visto tanta comida en una mesa, pan, companaje, embutidos, pastas, cacerolas llenas de potaje. Un fuerte perfume emanaba de los alimentos y la cena pronto se lleno con el estruendo de las voces.
Cuando llegamos, unas calles más lejos, al antiguo hogar de mi abuela, ya daban las doce. Yo mareada, empachada y con un horrible cansancio, que mi joven cuerpo de niña sólo supo soportar de una forma, quejarse y quejarse, hasta haber llegado a la cama y callar las protestas con el sueño.
La mañana siguiente se presentaba lejana, cerré los ojos con el silencio de la noche, la fragancia de los viejos muebles encerrados durante años, la agradable sensación de las mantas arropándome entre sus pliegues, y la tez de mi hermana iluminada por la débil luminiscencia de la luna que dormía junto a mí, acompasando el ritmo de su respiración y los latidos de su corazón con el vaivén de mis ideas.
El canto de los gallos en los corrales me despertó muy de mañana. Había recuperado todas las fuerzas y además, el apetito, así que bajé corriendo las escaleras del primer piso y en el comedor me encontré, ya sentados y desayunando, a mis padres y a mi hermana. La abuela, según me dijeron, había ido a casa de Catalina, su amiga, a traernos unos buñuelos.
Yo no puede esperar, quería salir a la calle, estirar las piernas y recorrer los campos. Al fin y al cabo, era verano y poca paciencia se podía pedir a una niña de nueve años.
Ni siquiera esperé a la abuela, me comí todo lo que pude hasta estar satisfecha, metí provisiones en los bolsillos de mi pantalón raído y comuniqué con prisa a mis progenitores que no volvería hasta la hora de comer, ellos me miraron divertidos y me despidieron.
Al salir me encontré con el sol, que en poco tiempo tostó mi piel. La escasa brisa que corría transportaba el olor de los cobertizos cuando fue disipándose al adentrarme yo en los caminos. A medida que me alejaba del pueblo, el ambiente se volvía más salvaje. Me paraba recoger las flores multicolores que crecían entre las hierbas y las olía mientras trataba de decidir cuál era mi preferida.
En un principio, había pensado dirigirme al castillo, la colina no era muy alta y además, tendría una vista fantástica de los alrededores.
Sin embargo, con extrañeza descubrí, que el camino que estaba siguiendo se desviaba a la izquierda y se adentraba en una maleza alta, de la que emergían unos árboles de corteza dura y ramas retorcidas de frondoso follaje. La vegetación se volvía mas abundante, y así había perdido el camino cuando, de repente, vino a mis oídos el murmullo del agua que corría por un riachuelo cercano.
Esquivando unos cuantos árboles y zarzas salí por fin a un pedregal en el que el agua había formado surcos profundos, y donde las algas y los juncos habían poblado la orilla.
Casi resbalo y caigo a tierra cuando ví allí a una niña, de mi edad seguramente, que me observaba al otro lado, sentada sobre una gran roca.
Tuve que recuperar el aliento y la calma para fijarme en la intrusa con más detenimiento, que a su vez, también me observaba.
Llevaba una de esas faldas largas e incomodas de colores apagados que se utilizaban antes y un sweter abrochado con grandes botones.
Me pareció una postal que recibiera de otro tiempo, pero en aquel momento sólo me pareció un poco rara. Por lo demás, sus ojos eran de brillante marrón leñoso, y su cabello azabache lo llevaba recogido en un moño alto, que enmarcaba su rostro pálido.
En su semblante pude distinguir la sorpresa, la extrañeza y luego, la curiosidad, y me di cuenta de yo actuaba del mismo modo, enseguida quise saber quién era.
Casi empezamos a hablar al unísono, la sonrisa inundó nuestros rostros, y en poco menos de dos minutos de intercambiar impresiones y preguntas, nos pusimos a jugar en la charca.
Aun recuerdo cuando, de niña, me resultaba tan fácil hacer amistades. Aquel verano, perdida en la maleza del bosque, jugué durante horas en aquel rincón solitario con la niña de los ojos marrones. Investigamos el agua en busca de renacuajos, los árboles para descubrir los nidos de los pájaros, pasamos durante horas construyendo casitas con barro y ramas secas.
Aquella mañana el tiempo pasó entre mis dedos como brisa entre la hierba, el sol ya estaba en lo alto de la cúpula terrestre, en lo más alto de su reinado, cuando me acordé de volver a casa.
Con gran lástima me despedí de mi nueva amiga y acordamos vernos al día siguiente allí mismo. Su rostro resplandeciente me siguió de vuelta al camino.
Al llegar a la casa de paredes blancas, me recibió el olor a comida, y el estomago comenzó a rugirme.
Nos reunimos todos en la mesa, mis padres, mi abuela, que había invitado a catalina y a su nieto a comer con nosotros, y mi hermana que charlaba animadamente con éste.
Después de comer, mi abuela se acomodó en la butaca del salón, y con los ojos brillantes, unos enormes ojos marrones, comenzó a revivir viejos recuerdos. Yo la escuchaba atenta, saboreando cada palabra como un dulce delicioso.
Hasta que en unos de sus recuerdos nos relató un verano en Alconchel.
"Aquel día, fui al riachuelo para recoger unas hierbas de melisa, cuando frente a mí me encontré a una niña de mi misma edad, de cabellos dorados y extraña ropa".
Texto: Leticia Rodríguez Torrado
Imagen: Noelia Rodríguez Torrado
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miércoles, 20 de enero de 2010
Viajando
Este cuadro lo realizé para el taller de pintura, la técnica que teníamos que utilizar era óleo sobre cartón, y la verdad es que me gusto bastante ( también hay que decir que no me lo compre satinado como mucha gente jejeje).
Se podría decir que es el trayecto desde Albacete a Elda en tren, he superpuesto capas de paisajes que bien podrían ser los que ves desde la ventana del tren, y he intentado dar ciertas transparencias, (que para ser la primera vez no están nada mal...creo) para darle un toque más surrealista, cómo si fuesen imágenes que te vienen a la cabeza y se van superponiendo unas a otras.
No sé que os parecerá a vosotros, pero la verdad es que yo me he quedado bastante contenta con el resultado^^.
Relax

Hoy me lo he tomado un poco como descanso, la verdad es que necesitaba un poco de tiempo para hacer cosicas que no fuesen como trabajo para la uni.
Estas imagenes son el resultado de estar toqueteando el illustrator y el photoshop.
¡¡¡¡Y he aprobado diseño digital!!!!
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lunes, 18 de enero de 2010
Adiós diseño digital!!! (de momento...)
Por fin!!! ya he acabado todo lo de diseño digital, espero que esté todo aprobado y no me toque repetir nada...
Me habría gustado poner la infografía aquí, pero no lo he conseguido, así que la he puesto en otra pág. aquí os dejo el link por si queréis hecharle un vistazo.
http://comosehaceelpapel.weebly.com/
Me habría gustado poner la infografía aquí, pero no lo he conseguido, así que la he puesto en otra pág. aquí os dejo el link por si queréis hecharle un vistazo.
http://comosehaceelpapel.weebly.com/
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